La
mejor forma de determinar las condiciones de salud de
nuestro entorno natural es, sin duda, vigilar el número
y la situación de las poblaciones animales y vegetales
que lo habitan. Cualquier desequilibrio en estas
variables, es síntoma inequívoco de que algo está siendo
alterado en las relaciones de interdependencia o en las
cadenas tróficas vigentes entre las especies. Así, por
ejemplo, cuando una plaga de insectos devasta
determinados cultivos de los que dependemos los seres
humanos, lo más probable es que las poblaciones de sus
depredadores naturales –como los murciélagos, los
escarabajos o las catarinas, entre otros insectívoros-
se encuentren mermadas por distintas causas.
Ésta no ha sido la excepción en el caso del águila real
mexicana que,
en 1994, fue incluida en la lista de especies en riesgo
(NOM SEMARNAT-059) y,
en el 2008, señalada por la
Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la
Biodiversidad (CONABIO) como una especie en grave
peligro de extinción.
Esta imponente ave (que aparece en el escudo nacional,
en nuestra bandera, en numerosas esculturas y en
incontables referencias de nuestra historia) ha
disminuido drásticamente su población por amenazas como
la deforestación y la destrucción de sus hábitats, la
electrocución en líneas de alta tensión, la cacería y el
tráfico ilegal de especies silvestres, así como por el
robo de sus nidos o por envenenamiento con plaguicidas.

Foto:
Nestor Rico Campos
La distribución del águila real en el territorio
mexicano va desde la zona centro y se extiende hacia el
norte del país, principalmente en las zonas montañosas y
de difícil acceso.
En el 2008, la CONABIO registró la existencia de tan
solo 50 nidos de Águila Real en todo el país, estimando
entonces que habría menos de 140 ejemplares vivos en el
territorio mexicano; para el 2018, y con la operación de
un Programa de Acción para la Conservación de
Especies (PACE), la población de esta emblemática
ave se había logrado sextuplicar.
En septiembre de 2017 fue inaugurado –en las
instalaciones del Heroico Colegio Militar- el Centro
Nacional de Control y Protección del Águila Real,
conjuntando los esfuerzos de las secretarías de Medio
Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y la de la
Defensa Nacional (Sedena). El propósito de este Centro
es el de la conservación del águila real mediante la
aplicación de técnicas de rehabilitación clínica, física
y conductual, así como su reproducción y reintroducción
final al medio silvestre.

Es de mencionar también el trabajo de monitoreo y de
educación realizado por organizaciones privadas (como el
Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza),
por instituciones públicas (como la CONABIO y la
Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas), así
como organizaciones de la sociedad civil empeñadas en la
preservación del águila real. Si bien ha habido
resultados en la conservación del águila real mexicana a
través de las acciones que aquí enumero, creo que éstos
resultan insuficientes de frente al ritmo en el que
estamos perdiendo los hábitats de este bellísimo animal.
Buscando información actualizada sobre el estado del
Programa de Acción para la Conservación de Especies
en los portales oficiales del Gobierno de la República,
debo decir que –hasta donde pude constatarlo- no existe
información disponible sobre el estado actual o de los
avances, en caso de haberlos, de las acciones para el
rescate del águila real mexicana.
Yo esperaría que el próximo miércoles -13 de febrero-,
Día Nacional del Águila Real, el presidente de la
república brinde alguna información al respecto pues, de
lo contrario, la ausencia prevalente de comunicación
social por parte de las dependencias gubernamentales no
nos permitirá saber las condiciones actuales de esta ave
emblemática mexicana. Sería muy triste que sucediera lo
que hace ocho días en los Estados Unidos, cuando el
Servicio de Pesca y Vida Silvestre de aquella nación
declaró oficialmente extinto al puma del este.
Ojalá que los esfuerzos que venían realizando
conjuntamente algunas autoridades para la conservación
del águila real mexicana, sobrevivan a la obsesiva
desaparición de programas considerados como “no
prioritarios” y, por fin, se entienda que sin trabajar
en favor de la conservación de nuestro capital natural
no se podrá en consecuencia mejorar las condiciones de
bienestar de la población humana de este país.
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