Quizás
no en la forma en la que muchos lo esperaríamos, pero
durante los últimos meses y semanas la gente está
comenzando ya a entender que, para la realización de
cualquier obra de infraestructura en el país, se
requiere contar con una evaluación objetiva de los
impactos que ésta tendrá sobre el medio ambiente. Y, sin
duda, los proyectos anunciados por el presidente electo
-es decir, la cancelación del nuevo aeropuerto en
Texcoco y la eventual construcción del llamado “Tren
Maya”-, han merecido especial atención por sus posibles
implicaciones ambientales.
El
primero, por la afectación que se cree tendría sobre la
población de aves migratorias que en distintas épocas
del año se refugian en las aguas de la presa Nabor
Carrillo (un cuerpo de agua artificial construido en la
segunda mitad de los años sesenta-; y, el segundo, el
Tren Maya, por las afectaciones que tendrá sobre
distintas reservas selváticas (como Calakmul) o en la
integridad ecológica de áreas naturales protegidas (como
Celestún,
Ría Lagartos
y Alacranes). He podido percibir una
profunda preocupación entre distintas autoridades
locales y federales, círculos académicos y
organizaciones ciudadanas ocupados de la protección del
medio ambiente, principalmente por el anuncio del
eventual inicio de la construcción del Tren Maya.

Se
sospecha que podría haber un preocupante desconocimiento
del marco jurídico ambiental vigente en el país
(legislación que ha tomado décadas en poderse lograr),
hasta la abierta intencionalidad de ignorar la
regulación que establece requisitos, metodologías y
condicionantes a la realización de los proyectos de
infraestructura de distintas escalas en el país. Sólo
por mencionar al instrumento más obvio, hay que decir
que cualquier obra o actividad que pudiera tener
consecuencias sobre el patrimonio natural de México,
requiere necesariamente de una Manifestación de Impacto
Ambiental. En ésta, se señalan puntualmente las
afectaciones que habrá, por ejemplo, sobre los
ecosistemas de una o de distintas regiones donde se
desarrolle un proyecto; valora la situación de la flora
y fauna, de los recursos forestales e hídricos -entre
otros-, y establece cuáles serán las medidas específicas
para mitigar dichas afectaciones y reestablecer en la
medida de los posible las condiciones ambientales
originales.
De
igual manera, los impactos económicos y sociales deben
ser valorados a través de metodologías que garanticen su
objetividad y, por tanto, la viabilidad o inviabilidad
de cualquier proyecto. Preocupa que, en el caso del
Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en
Texcoco, se contaba efectivamente con todos los estudios
y, aún así, ha sido cancelado; pero, por otra parte, en
el caso del Tren Maya, no existe el soporte técnico
científico de un proyecto que, de acuerdo con muchos, se
trata de una ocurrencia.

La
semana pasada, el doctor José Sarukhán, titular de la
Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la
Biodiversidad (CONABIO), hizo un llamado al nuevo
gobierno federal para que implemente políticas públicas
ambientales basadas en información científica y no en
elucubraciones. Esta institución, ejemplar para muchos
países del mundo y orgullo de México, ha desarrollado
esfuerzos de primer orden para generar información
científica que sirva como base en la toma de decisiones
y la gestión gubernamental; por lo mismo, no es deseable
que todo el conocimiento y la experiencia acumulada
sobre el capital natural del país sea desdeñada,
ignorada.
Y,
sobre todo, el doctor Sarukhán ha subrayado el
trascendente trabajo que la CONABIO ha realizado de la
mano de las comunidades campesinas del país, componente
fundamental para la conservación y aprovechamiento
sustentable del capital natural. Así pues, ojalá que los
grandes proyectos que hoy se están planteando en el
ánimo de engrandecer a México y a su gente, tengan la
solidez y el sustento que indiscutiblemente les puede
otorgar un diálogo serio, permanente y comprometido con
la mejor ciencia que se hace en México y en el mundo.
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