A
lo largo de estos meses del verano y otoño en el
hemisferio norte hemos conocido sobre los inéditos
incendios forestales que acontecen en el estado de
California, en los Estados Unidos; hoy en día, las
pérdidas de vidas humanas y económicas –dicen algunos
especialistas- son históricas. Aunque aún no hay cifras
definitivas de la superficie devastada por el fuego, hay
quienes estiman que pudiera estarse rompiendo el record
del año 2003 de los 2 mil 921 kilómetros cuadrados de
bosques quemados.

Son distintos factores climáticos y ambientales los que
han propiciado la “tormenta perfecta” que hoy viven
cientos de miles de californianos: en primer lugar, la
presencia de una sequía prolongada ya desde la década de
los setenta y que ha incrementado la temporada normal de
incendios forestales de cinco a más de siete meses.
Además, la baja humedad relativa tanto en el suelo como
en la atmósfera de la región –atribuible a la elevación
de las temperaturas por el cambio climático-, sumada a
la presencia de los típicos vientos del otoño (conocidos
como los “vientos de Santana”), han facilitado la
aparición y expansión de los incendios forestales en
distintas regiones montañosas de la costa californiana.
Pero, sobre todo, la creciente ocupación de los
territorios boscosos por asentamientos humanos ha
incrementado los factores de riesgo que propician la
aparición de incendios de la escala que estamos viendo.
Con distintas intensidades, durante los meses del verano
y el otoño de este año, hemos visto olas de calor e
incendios forestales de magnitud inédita en países como
Grecia, Suecia, Noruega, Finlandia, España e Inglaterra.
En los Estados Unidos, California, Oregón y Alaska han
registrado incendios forestales persistentes y letales
que dejaron carbonizados miles de kilómetros cuadrados
solamente durante este año.
El impacto del fuego en la vida silvestre –hablando en
términos relativos- no es siempre tan grave; muchos
animales e insectos han evolucionado al lado de una
larga relación con el fuego y éste es parte natural de
sus ecosistemas. A pesar de que muchos individuos de
distintas especies mueren durante estos eventos, lo
cierto es que un gran número de aves vuelan para
alejarse de los incendios; mamíferos como renos, pumas o
lobos corren a refugiarse en arroyos, lagos o entre las
rocas; y colonias enteras de invertebrados hacen lo
propio. Incluso, gracias al fuego algunos depredadores
pueden verse beneficiados al aprovechar los flujos
inusuales de criaturas que huyen y de las que se
alimentan. La revista National Geographic ha
documentado cómo osos y mapaches cazan a animales que
están huyendo de las llamas, e incluso han registrado la
forma en que las aves, en Australia, propician el
esparcimiento del fuego para obtener alimento.

Pero no hay duda de que los actuales incendios
forestales en el hemisferio norte del planeta están
fuera de toda proporción normal y de que su presencia
nos habla ya de un notorio desequilibrio ambiental,
fundamentalmente promovido por una sola especie viva: el
ser humano. La creciente presencia del hombre en las
regiones boscosas del planeta es la causa de más del 90%
de los incendios, fundamentalmente por los cambios de
uso de suelo forestal hacia las actividades agrícolas y
por la urbanización en distintas escalas; lo cierto es
que la vida silvestre está perdiendo la batalla de
frente a la magnitud de la destrucción que provoca el
ser humano.
Recientemente, la Organización de las Naciones Unidas ha
advertido que, si la humanidad no detiene la pérdida de
la biodiversidad en el planeta, podríamos enfrentar y
documentar nuestra propia extinción. Y más aún, señala
que el planeta tiene tan sólo dos años para asegurar un
acuerdo por la naturaleza para lograr detener a un
“asesino silencioso” tan peligroso como lo es el cambio
climático.
Así pues, de este tamaño es la urgencia de alcanzar y
–sobre todo- de comprometerse con acuerdos
internacionales para revertir la tendencia del deterioro
ambiental que hoy vemos manifestada en fenómenos tan
destructivos como los gigantescos incendios forestales y
que, al final del día, se revertirán en contra de
nosotros mismos. Ocupar el territorio de manera correcta
para la construcción de infraestructura de todo tipo y
administrar racionalmente los recursos que nos brinda el
planeta, son hoy premisas que deben guiar la acción de
cualquier gobierno u organización.
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