Estoy convencido de que para toda
decisión que se tome en materia de construcción de
infraestructura para alguno de los sectores
productivos del país,
habrá impactos de distintas magnitudes en los ámbitos
económico, social, ambiental e incluso cultural
(recordemos que la definición de “desarrollo
sustentable” se refiere precisamente al equilibrio y al
grado de armonía que debe prevalecer entre cada una de
estas dimensiones del desarrollo).
Sumado a esto, el Principio 10 de la
Declaración de Rio de
Janeiro sobre
el Medio Ambiente y el Desarrollo –de 1992-, establece
que “… El mejor modo de tratar las cuestiones
ambientales es con la participación de todos los
ciudadanos interesados, en el nivel que corresponda. En
el plano nacional –señala la ONU-, toda persona deberá
tener acceso adecuado a la información sobre el medio
ambiente de que dispongan las autoridades públicas...,
así como la oportunidad de participar en los procesos de
adopción de decisiones. Los Estados –señala textualmente
el Principio 10 de Río- deberán facilitar y fomentar la
sensibilización y la participación de la población
poniendo la información a disposición de todos...”.
Sin estos elementos fundamentales, difícilmente un
gobierno, una comunidad o un país en su conjunto,
logrará integrar plenamente los requisitos o las
condiciones que le garanticen el acceso a la justicia ni
mucho menos transitar hacia el desarrollo sustentable.
Independientemente de la viabilidad técnica, económica,
social o ambiental de construir un nuevo aeropuerto en
uno u otro lugar, o de lo que algunos sectores políticos
o ciudadanos perciban como la opción más idónea, el tema
de la reciente consulta ciudadana sobre el Nuevo
Aeropuerto de la Ciudad de México vuelve a sacar a la
luz la pobre cultura política y las vías autoritarias en
las que se sustentan decisiones que a todos terminan por
afectar.

Recuerdo que, a mediados de la década de los 80, el
mecanismo de la Consulta Popular fue la base y razón
de ser del entonces recién inaugurado Sistema Nacional
de Planeación Democrática (descrito profusamente a lo
largo de más de 30 tomos en una Antología publicada por
el Fondo de Cultura Económica, en 1985, así como en
otros trabajos editados por distintas instituciones
académicas y gubernamentales).
Con base en la entonces llamada Consulta Popular fue que
nacieron grandes obras de infraestructura, como lo fue
el desarrollo turístico integralmente planeado de las
Bahías de Huatulco, en Oaxaca, que desplegó la
construcción de un aeropuerto internacional (para el que
fueron retirados varios cerros); la edificación de
hoteles y servicios turísticos de distintas categorías a
lo largo de nueve bahías frente al mar; y en el que se
estableció una reserva ecológica en más del 75% de su
territorio.
Como yo mismo lo pude comprobar entonces –a través de
una investigación y trabajo de campo a lo largo de casi
cuatro años-, los pobladores de las Bahías de Huatulco
fueron parcialmente informados sobre las implicaciones
del proyecto; fueron
considerados exclusivamente para incorporarles en los
trabajos temporales de construcción, pero no recibieron
capacitación alguna para adquirir habilidades laborales
afines a los servicios turísticos; e incluso muchos de
ellos y sus familias fueron desalojados por la fuerza
–con elementos de la Marina- de los frentes de playa en
donde se construiría una marina para yates. Eso sí:
fueron consultados.

Con sus muy evidentes diferencias (sobre todo por la
naturaleza del papel que hoy juegan los medios de
comunicación, el Internet y las redes sociales), en el
caso del NAICM veo paralelismos en el uso político de
los mecanismos de consulta, sobre todo por la evidente
ausencia de garantías en materia de información pública
y del requisito de la amplia
difusión de toda la información concerniente a los
proyectos sometidos a votación.
Con respecto a las afectaciones al medio ambiente
(necesariamente contempladas en una Manifestación de
Impacto Ambiental), domina hoy una percepción pública
distorsionada sobre las condiciones actuales del
territorio, de los ecosistemas y de los cuerpos de agua
en el antiguo Vaso de Texcoco.

Ello, sin duda, es el resultado de la deficiente
difusión de documentos eminentemente técnicos por parte
de las autoridades y, desde luego, esto ha provocado que
se haya privilegiado a la motivación política para
participar –mediante el mecanismo de la consulta- en la
toma de decisiones públicas de enorme trascendencia
económica, social y ambiental.
Si bien la transparencia y el acceso a la información
pública han tenido avances significativos desde su
ciertamente reciente instauración, creo que –como
sociedad- nos falta mucho todavía para construir una
cultura política vigorosa y una ciudadanía plenamente
consciente de los alcances de los mecanismos de
democracia representativa y, desde luego, estar en
condiciones de ponderar con objetividad y con un
profundo sentido de responsabilidad el impacto de
nuestras decisiones.
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