El
jueves pasado -30 de agosto-, a través de diversas
cuentas en redes sociales e incluso en algunos diarios
nacionales, pudimos ver un par de impresionantes
fotografías de las lluvias que causaron inundaciones y
verdaderos estragos en la zona sur y sur poniente de la
capital mexicana. En estas imágenes que asemejan al
hongo formado por una explosión atómica, vemos a una
nube del tipo cumulolimbo descargando una
impresionante pared de lluvia sobre una superficie de
muy pocos kilómetros de diámetro, mientras que en el
resto del sur del Valle de México se aprecia un cielo
casi despejado y sin precipitación.
A este fenómeno se le conoce como “bomba de lluvia” y el
aumento de su incidencia en todo el mundo, es atribuido
a la elevación que registran las temperaturas
atmosféricas como consecuencia de las actividades
humanas.


Ciudad de México, 30 de agosto de 2018. Fotos tomadas de
Facebook
En palabras muy simples, las “bombas de lluvia” son el
desplome o la precipitación súbita y acelerada del
contenido de agua de una nube, a través de una columna
de lluvia que se concentra sobre un área relativamente
reducida del suelo de un territorio. La caída de enormes
cantidades de agua -como las que se han registrado en
sitios específicos de la Ciudad de México, de Monterrey,
de Guadalajara y de otras localidades del país- puede
alcanzar una velocidad de hasta 185 kilómetros por hora;
lo que, a su vez y al impactar sobre el suelo, forma una
especie de ráfaga de viento y un bucle horizontal de
gran velocidad, capaz de dejar graves destrozos a su
paso.


Este súbito y violento desplome de agua sobre un área
reducida del territorio es provocado por la condensación
que genera la entrada de una ráfaga de viento frío al
interior de la nube, desatando un inusualmente rápido
paso del estado gaseoso al líquido, aumentando el peso
de la humedad y su consecuente precipitación
descendente. Las bombas o muros de lluvia -de acuerdo
con Al Gore, presidente y fundador de The Climate
Reality Proyect- son sólo una muestra de cómo el
clima se está volviendo “extremo y perturbador” por
causa del calentamiento global;
el ex-vicepresidente norteamericano afirma que la
humedad en la atmósfera ha aumentado un cinco por ciento
en 30 años, lo suficiente como para provocar un clima
extraño y destructivo.

Está documentado que, entre 2001 y 2012, las lluvias
fuertes en el planeta registraron un aumento del 40%, y
que en 2015 este crecimiento alcanzó el 80%. La revista
científica Nature asegura que esta distorsión al
alza de los patrones de las lluvias tiene su explicación
en el incremento del 40% del nivel de dióxido de carbono
y de otros gases contaminantes en la atmósfera,
fundamentalmente por las actividades humanas. El también
autor de “Una Verdad Incómoda”, Al Gore, critica que
estamos usando a la atmósfera del planeta como una
“alcantarilla abierta” en la que arrojamos los
desperdicios de la quema de combustibles fósiles que
usamos para satisfacer nuestras necesidades energéticas.
Es un hecho que en distintas regiones del mundo veremos,
cada día con mayor frecuencia, a estas bombas de lluvia
y a los llamados “ríos voladores” -que son largas
corrientes de nubes que secuestran la lluvia de unos
territorios y la llevan a otros distantes, para terminar
como estrepitosas bombas de lluvia que caen sobre un
área pequeña y concentrada del paisaje. En el corto y
mediano plazos, quienes vivimos en las grandes ciudades
del país tendremos que exigir de nuestras autoridades la
realización de obras de infraestructura hidráulica
capaces de enfrentar los retos que ya estamos viviendo;
y, para ello, no podemos permitir que los proyectos de
obra pública sean sólo ocurrencias para lucirse frente a
los medios, sino decisiones sustentadas con base en la
estadística y considerando a la mejor tecnología
disponible.

Para el caso de la Ciudad de México y su zona conurbada,
urge dar celeridad a las obras del Túnel Emisor Oriente
y construir infraestructura complementaria, así como
renovar la red de desagüe y alcantarillado de numerosas
colonias donde ésta se encuentra completamente caduca.
Si bien -por estar bajo el suelo- no son obras ni
lucidoras ni fáciles de presumir por quienes anteponen
sus intereses políticos, sí son prioritarias y
necesarias para adaptarnos a la nueva realidad climática
del planeta.
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