Es
por todos sabido que son dos las principales actividades
que generan cerca del 40% del total de las emisiones de
dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera, gas que es el
principal responsable de la elevación acelerada de la
temperatura del planeta: la primera, es la generación de
energía eléctrica a partir de la quema del petróleo y
del carbón; y, la segunda, es la utilización del
transporte que utiliza combustibles fósiles para su
operación. Solamente en México, más de las dos terceras
partes del total de nuestras emisiones de gases de
efecto invernadero tienen como origen la extracción y el
uso de combustibles derivados del petróleo.

Es un hecho ampliamente reconocido por la ciencia que
éstas y otras actividades humanas están contribuyendo a
acelerar el incremento de las temperaturas como nunca en
la historia del planeta; por lo mismo, en una decisión
histórica y ratificada ya por cerca de un centenar de
países, en el año 2016 fueron firmados los Acuerdos de
París para buscar frenar y revertir las causas del cada
día más evidente cambio climático que está
manifestándose en numerosas regiones de la Tierra.
También es ampliamente reconocido que son dos las
naciones que producen el mayor volumen de emisiones de
CO2 a la atmósfera: China, que en menos de dos décadas
ha llegado al 30%, y los Estados Unidos, con el 15% del
total de las emisiones. Por su parte, México se coloca
en el puesto número 13 de los principales emisores de
CO2, sólo después de Brasil.

En lo que significó un duro revés y un retroceso a la
política que adoptó el expresidente estadounidense
Barack Obama para combatir al cambio climático, el 1° de
junio de 2017 el presidente Donald Trump anunció la
salida de su país de los Acuerdos de Paris y, con ello,
su negativa a sumarse a los esfuerzos mundiales para
frenar el cambio climático. Y no sólo eso. En el ámbito
doméstico, han sido numerosas las señales que ha dado el
señor Trump de su incredulidad de la ciencia y de su
abierta negación a reconocer la existencia del cambio
climático; primero, con el desmantelamiento que –en los
hechos- ha realizado de la Agencia de Protección
Ambiental (EPA), colocando en puestos de decisión a
cabilderos de los intereses industriales, y; segundo,
con el relajamiento y hasta la supresión de las normas
dirigidas a combatir las causas del cambio climático y
para la protección del medio ambiente.

William Wehrum (administrador adjunto de la EPA) y Scott
Pruit (director de la EPA hasta julio de 2018)
En estos momentos, en los Estados Unidos hay gran
incertidumbre por el anuncio que hará el presidente
Trump el día de mañana –martes 21 de agosto- revirtiendo
la norma del 2012 decretada por el presidente Obama que
exigía a los fabricantes de automóviles aumentar su
eficiencia energética y duplicar el promedio de ahorro
de gasolina hacia el 2025 (lo que ya está confrontando a
varios estados, particularmente con California, cuyas
normas ambientales son las más estrictas); y, por otra
parte, se espera que Trump dé a conocer en unas horas
más un plan que no sólo quitará restricciones federales
a las plantas que utilizan el carbón para producir
energía eléctrica, sino que ahora dará la libertad a
cada estado de la Unión Americana para decidir y fijar
los estándares de producción y los volúmenes de
emisiones a la atmósfera que estén dispuestos a acatar
en su territorio.
En un momento en el que las altas temperaturas han
alcanzado records inéditos en todo el hemisferio norte,
donde los incendios forestales se multiplican imparables
y los huracanes incrementan su fuerza destructiva,
desentenderse de la responsabilidad compartida en la
protección del planeta es –por decir lo menos- una
canallada y muestra de un egoísmo alejado del compromiso
de procurar el bienestar para toda la humanidad.
Pareciera que el presidente de los Estados Unidos sólo
entiende de hacer ganar negocios y de conquistar
mercados, y que el tema de la sustentabilidad del
desarrollo estuviera completamente borrado de su
visión.
Si éste es el caso, nuestro papel como uno de sus
principales socios comerciales puede ser determinante
para que, en el marco de los acuerdos comerciales y
económicos, nuestro vecino del norte asuma su
responsabilidad con el bienestar de nuestro planeta. Es
importante que, en el marco de las negociaciones del
Tratado de Libre Comercio de América del Norte,
fortalezcamos la discusión de los temas ambientales
(Capítulo 7, 9 y 11) y establezcamos estándares que nos
garanticen que los bienes y los servicios que importamos
(como los automóviles o incluso la energía eléctrica)
provienen de fuentes ambientalmente eficientes y
limpias.
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Fuentes:
1.-
As Trump Dismantles Clean Air Rules, an Industry Lawyer
Delivers for Ex-Clients; The New York Times
2.-
Trump’s Plan for Coal Emissions: Let Coal States
Regulate Them; The New York Times
3.-
Trump Administration Unveils Its Plan to Relax Car
Pollution Rules; The New York Times