Ya
en el año 2006, Al Gore -ex vicepresidente de los EE.UU.-
advertía al mundo, en su libro “Una Verdad Incómoda”,
sobre los alcances y la distribución que parecían estar
desarrollando algunas enfermedades en distintas
latitudes del planeta como consecuencia directa del
cambio climático. Decía que cuando vectores de distintos
agentes patógenos como “… algas, mosquitos,
garrapatas u otras formas de vida transportadoras de
gérmenes… comienzan a aparecer en nuevas áreas y
adquieren una distribución más amplia, hay más
oportunidades de que interactúen con las personas y de
que las enfermedades que transportan se transformen en
amenazas más graves”.
Al Gore documentó cómo en sólo cinco años -de 1999 al
2003- y debido a la elevación de las temperaturas en el
territorio estadounidense, el mosquito que transmite el
Virus del Nilo se esparció desde la costa Este y hasta
la costa Oeste de aquella nación. Señaló también al
cambio climático como la causa del surgimiento de más de
30 enfermedades durante las últimas tres décadas,
algunas de éstas ya erradicadas o bajo control (como el
hantavirus, el coronavirus, el dengue, la tuberculosis y
otras más).

Más recientemente, la Organización Mundial de la Salud
(OMS) ha advertido sobre la necesidad de acelerar la
investigación y el desarrollo de protocolos aplicables
durante alguna emergencia de salud (como ya sucedió con
la epidemias del ébola, el SARS o el zika), y frente a
la
posible aparición de la llamada “Enfermedad
X”; este llamado responde a la muy
fundada sospecha de que el aumento de las temperaturas
está liberando al medio ambiente bacterias y virus
desconocidos por nosotros, y que permanecieron miles y
hasta millones de años atrapados bajo el hielo perene -o
permafrost- en las regiones polares.
Se trata de suelos fríos, sin oxígeno y oscuros, ideales
para preservar prácticamente intactas, por miles y hasta
millones de años, a estas potenciales amenazas para los
seres vivos cuyos sistemas inmunológicos no se
encuentran preparados.
Y esto no se trata sólo
de una especulación; es algo que ya está sucediendo. En
el 2016, cerca de la ciudad de Salejard, en el norte de
Siberia Occidental, a unos 2 mil kilómetros al noreste
de Moscú, un niño de 12 años murió después de ser
infectado por el ántrax. Las autoridades rusas señalaron
entonces que el origen del contagio (detectada también
en otras 90 personas) había sido el cadáver infectado de
un reno que llevaba oculto bajo el hielo alrededor de 75
años y que, con las elevadas temperaturas del verano de
ese año, afloró a la superficie liberando a la bacteria
del carbunco (responsable del ántrax). Más de dos mil
renos que pastaban en esa zona fueron también
contagiados.

Comúnmente, las capas de permafrost en el suelo son de
50 cms de profundidad y es normal que se derritan cada
verano; pero ahora el calentamiento global está
provocando que capas más profundas y antiguas queden
expuestas. Los científicos temen que, como consecuencia
del derretimiento del permafrost, las infecciones
mortales de los siglos XVIII y XIX regresen a la faz de
la Tierra.
En la tundra de Alaska, por ejemplo, han sido
descubiertos restos humanos con fragmentos del ADN del
virus de la gripe española que, en 1918, mató entre el 3
y el 6% de la población mundial; y, en la región de
Siberia, numerosas víctimas de la viruela y de la peste
bubónica fueron enterradas también bajo el hielo.
Ya en el 2005, la NASA revivió a una bacteria que estuvo
congelada en los hielos de Alaska por 32 mil años, y más
recientemente un grupo de científicos franceses activó
-bajo todas las medidas de seguridad- a tres virus
prehistóricos
a los que se les atribuye ser causa de la desaparición
de nuestros ancestros neandertales.
Es por esto
por lo que, para enfrentar las consecuencias del cambio
climático y la emergencia que se avecina (como lo ha
dicho la OMS ),
las naciones deben invertir en la conservación de su
diversidad biológica y en la investigación científica.
Los recursos naturales nos darán los elementos para
combatir y probablemente curar a las futuras
enfermedades, y la ciencia proporcionará las
herramientas útiles para desarrollar el conocimiento
requerido para poder lograrlo.
▄

"Mollivirus", "Pandoravirus" y "Phitovirus
Sibericum". A este último le llaman "virus
gigante" porque tiene el tamaño de una
pequeña bacteria: 1,5 micrómetros de largo.
Es el más grande jamás encontrado y su
material genético multiplica por 50, por
ejemplo, al del virus del VIH.