El hábito de consumir Fast Food está generando contaminación por plásticos y daños a la salud 

 

  • El Proyecto Rozalia, en la ciudad de Boston, descubrió que cada tres segundos se tira al agua algún elemento plástico que contamina al medio ambiente    

  • Es recomendable usar portaviandas reutilizables para transportar nuestra comida y, en la medida de lo posible, comer en casa con la familia o los amigos    

 

Por Antena Radio / 3a. Edición  / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo) / Ciudad de México /  2 de abril de 2018.

 

La semana pasada reflexionábamos sobre los impactos que están teniendo en el medio ambiente las conductas inducidas por la modernidad, como el uso de dispositivos electrónicos para la comunicación y el uso intensivo de energía. Hoy quisiera hablar con ustedes sobre otro hábito que, por la exigencia de obtener la máxima productividad en el ámbito laboral e incluso en el personal, está impactando a nuestro entorno natural y, desde luego, a la salud de los seres humanos: me refiero al consumo de comida rápida o “para llevar”.

 

 

No es casual que la población de países como Francia, Grecia, Italia y España tengan niveles muy positivos en materia de salud pública, pues además de la magnífica composición de su dieta (la llamada dieta mediterránea) se trata de países donde la media del tiempo dedicado para tomar sus alimentos es superior a las dos horas. En el otro extremo, los norteamericanos utilizan solamente una hora y los mexicanos ocupamos 76 minutos para comer; pero además del alto contenido de carbohidratos y proteínas de nuestra dieta, se suma la inadecuada forma de almacenar y de transportar la llamada “comida rápida” y los altos impactos ambientales que esto está teniendo.

 

 

Y es que el carácter de “desechable” de los empaques de este tipo de alimentos y bebidas a los que nos hemos habituado por la premura del tiempo, contribuye a la producción de millones de toneladas de residuos plásticos que, a final de cuentas, terminan por contaminar el agua y el suelo del planeta. Para tratar de reducir los impactos perniciosos que están teniendo sobre la naturaleza este tipo de empaques, ya ha habido iniciativas exitosas en distintas partes del mundo buscando desincentivar el uso de estos recipientes desechables; por ejemplo, en el año 2015 el Reino Unido introdujo un impuesto a las bolsas de plástico, lo que se tradujo en una reducción de hasta el 80% de su uso.

Como ya lo hemos comentado en este espacio, la contaminación del agua por residuos plásticos es una de las consecuencias más funestas por el uso de empaques desechables. Es alarmante constatar que en ciudades y países donde supuestamente se cuenta con altos niveles de información, las personas están desechando residuos plásticos en ríos y en cuerpos de agua en lugar de reciclarles. Recientemente, el Proyecto “Rozalia”, en los Estados Unidos, se dio a la tarea de monitorear los desagües pluviales de la ciudad de Boston, descubriendo que cada tres segundos era liberado un elemento de plástico al agua (muchos de ellos, recipientes de comida rápida).

Una vez en el agua, ya sea en ríos, lagos o en el océano mismo, estos plásticos comienzan a desintegrarse por efecto de los rayos solares (la llamada “degradación UV”) así como por el daño mecánico y la desintegración causada por la erosión del oleaje. No sólo la liberación de todo tipo de microbios, sino la fragmentación de los contenedores en micro y nanopartículas plásticas en el agua se ha convertido ya en un problema de magnitudes alarmantes.

 

 

Sabemos también que cuando el plástico se degrada y pierde su capacidad para flotar, éste termina por sumergirse, revolverse con otros microrganismos y contamina el fondo del lecho marino, de donde los peces y otros seres vivos que consumimos lo ingieren y así nos lo llevan hasta nuestra comida. 

En fin, si bien la producción y uso de todo tipo de recipientes plásticos ha contribuido a facilitarnos la vida enormemente, por otra parte, requerimos de mayor conciencia y responsabilidad para que su uso no se convierta (como está sucediendo) en una amenaza para la vida en el planeta. Regresemos a hábitos como el de llevar nuestros propios recipientes para transportar nuestras viandas, ya sea que las preparemos en casa o que las adquiramos en algún establecimiento de “comida rápida”; rechacemos empaques plásticos o de unicel en nuestras compras; enseñemos a los más pequeños que el reciclaje es un buen hábito para conservar a nuestro medio ambiente; y, si nos es posible, prefiramos compartir la comida en casa con nuestros familiares o amigos.

Revaloremos los hábitos que nos impone la vida moderna a la luz de los impactos que éstos tienen en el medio ambiente y sobre nuestra salud; sin lugar a dudas, esto redundará en una mejora sustancial de nuestra calidad de vida y la de las demás especies vivas del planeta.

 

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón