Peligrosa laxitud en la
aplicación de normas sísmicas para la construcción en la
CDMX: NYT
Por Antena Radio / 3a. Edición / Sección
Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo)
/ Ciudad de México /
25 de septiembre de 2017.
A
lo largo de la historia, es mucho lo que los seres humanos
hemos aprendido sobre la forma en que se presentan los
desastres naturales y, especialmente, la manera en la que
podemos reducir el impacto de estos eventos en nuestros
centros de población, comunidades y medio ambiente.
La experiencia que hemos acumulado en grandes urbes como la
Ciudad de México en materia de protección civil ha
contribuido a que, en acontecimientos como los del pasado
martes 19 de septiembre, sea sensiblemente menor el número
de las víctimas que –con gran dolor- hoy estamos lamentando.
Hace 32 años, en 1985, con un sismo de 30 veces mayor
intensidad al del martes pasado, con más de 10 mil decesos y
350 edificios colapsados, iniciamos la construcción de
herramientas jurídicas y de una cultura de la protección
civil que han contribuido a salvar vidas y a que enfrentemos
con mayor preparación los eventos sísmicos que son propios
de nuestro territorio. Pero, desafortunadamente –y como lo
señala un interesante
artículo del New York
Times publicado el día de ayer-,
a pesar de que la Ciudad de México cuenta con una de las
mejores regulaciones del mundo en materia de construcciones
(porque incorpora códigos para dar seguridad a las
edificaciones ante los riesgos sísmicos), hoy por hoy, y
según lo constatan diversos especialistas en el tema, hay
una aplicación sumamente laxa de estos ordenamientos.

Foto: NYT /
Jose Mendez/European Pressphoto Agency
Al día de hoy, ha sido contabilizada más de una veintena de
edificios colapsados en la capital del país por el sismo de
la semana pasada, y son muchos otros los que están en algún
nivel de riesgo estructural.
Si las afectaciones no fueron mayores -señala el New York
Times-, probablemente se deba sencillamente a la buena
suerte; pues de acuerdo con un estudio de expertos en
ingeniería sísmica de la UNAM, de un total de 150 edificios
construidos después de las últimas reformas legales -en
2004- en materia de construcciones, el 71% no cumplían con
la totalidad de las normas técnicas y el resto ni siquiera
alcanzó el mínimo exigido en materia de seguridad sísmica.
Una de las causas más obvias de lo anterior es que la
inspección de un volumen significativo de construcciones
está en manos de una reducida red de arquitectos e
ingenieros, que están siendo empleados por las empresas
inmobiliarias como directores responsables de obra. Como es
lógico deducirlo, estas personas no pueden estar presentes
durante todos los procesos que involucran las construcciones
y, por tanto, no verifican si las normas técnicas están
siendo cumplidas a cabalidad; y ni hablar de las
verificaciones que debieran ejecutar las autoridades
gubernamentales en materia de riesgo sísmico, pues esto es
prácticamente inexistente.
El New York Times ha señalado el doloroso ejemplo del
Colegio Rébsamen, en la delegación Tlalpan, donde después
del sismo del 7 de septiembre pasado -el de mayor magnitud
en un siglo-, la autoridad avaló un dictamen de una
construcción que, como ha sido evidente, no cumplía con los
criterios de seguridad estructural. Ese caso me ha llevado a
pensar también en la enorme cantidad de edificios, viejos y
nuevos, a los que se les ha permitido colocar en sus azoteas
pesadas estructuras con anuncios espectaculares que -es
evidente pensarlo- afectan a la estabilidad de la
construcción durante un sismo.

También, se ha observado un patrón que relaciona a la
frecuencia de las ondas sísmicas con su resonancia en las
construcciones de acuerdo con su altura; las ondas sísmicas
de menor frecuencia -como en 1985, con un epicentro lejano-
afectaron principalmente a los edificios altos; y las ondas
sísmicas de mayor frecuencia -como las del martes pasado,
con un epicentro muy cercano- hicieron vibrar rápida y
violentamente mente a edificaciones de menor altura (decenas
de las cuales colapsaron).
Pensemos entonces en el peligroso cóctel que se ha venido
preparando en la Ciudad de México, donde la sistemática
violación de los programas delegacionales en materia de
alturas máximas para las construcciones, ha favorecido la
aparición de un abigarrado paisaje urbano que mezcla todo
tipo de alturas, usos de suelo y factores de riesgo en
nuestras colonias.
En fin, creo que éste será un tema sobre el que deberemos
reflexionar y debatir sociedad civil, autoridades,
legisladores y especialistas, si queremos seguir
garantizando seguridad y viabilidad a nuestra ciudad.
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