Por Antena Radio / 3a. Edición / Sección
Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo)
/ Ciudad de México /
4 de septiembre de 2017.
En
el mes de noviembre del 2013, en este mismo espacio,
reflexionábamos junto con nuestra audiencia sobre el enorme
desconocimiento que hay en México sobre las características
físicas y el comportamiento de los flujos de agua
subterránea en nuestro territorio. En aquella oportunidad,
señalaba que el tema no podía seguirse viendo exclusivamente
desde la perspectiva técnica (como un asunto de la
ingeniería de tubos y de bombeo de agua), sino que es
necesario incorporar otras dimensiones de análisis –como las
ciencias sociales, la ecología o la economía política, entre
otras- para mejorar nuestras prácticas de manejo e, incluso,
garantizar la equidad en el acceso al agua.
Si pretendemos seguir explicando acontecimientos como la
formación repentina de socavones en nuestro territorio
exclusivamente desde la perspectiva ingenieril (como lo
sucedido en Cuernavaca o en la colonia Juárez o -esta
madrugada- en Santa Cruz Atoyac), poco estaremos aportando
para la prevención y la solución de esta problemática.


Hay procesos y actividades que están aconteciendo
cotidianamente en nuestro territorio que, necesariamente,
influyen en la dinámica o –por decirlo de otra forma- en el
comportamiento de los flujos de agua subterránea y, desde
luego, del suelo.
En la Ciudad de México y prácticamente en todo el país, 7 de
cada 10 litros del agua que utilizamos en todas nuestras
actividades provienen del subsuelo –es decir, es agua
subterránea-; el resto lo tomamos de acuíferos
superficiales, como ríos, arroyos, lagos o presas. Y sucede
que, en promedio –dicen los especialistas-, estamos sacando
el agua de los mantos subterráneos en un 150% por encima de
lo que ésta tiene la capacidad de recuperarse.
Para nadie es un secreto el hecho de que la sobreexplotación
del acuífero en la Ciudad de México ha venido provocando
hundimientos del suelo (del orden de los 14 y hasta los 40
centímetros por año) en distintas zonas del área
metropolitana. Por si esto fuera poco, día con día estamos
reduciendo la capacidad del suelo para infiltrar el agua: la
urbanización avanza sobre los terrenos desnudos que captan
las lluvias; perdemos áreas verdes, tanto en espacios
públicos como en terrenos privados; y las presas construidas
para captar y regular los flujos de agua, hoy son ocupadas
por toneladas de basura o por desarrollos inmobiliarios.
Además, en materia de arbolado urbano, en la Ciudad de
México contamos con una normatividad absurda y desvinculada
de las características mismas del territorio, que sólo ve a
los árboles en términos de cantidad y de números fríos que,
de ser retirados, son fácilmente restituidos con otros en
cualquier otro sitio o mediante compensación económica; esto
se ha venido aplicando sin considerar la función que cada
árbol tiene para conservar la integridad de los terrenos en
los que originalmente se encontraban. Todos sabemos –o al
menos así lo supongo- que las raíces de los árboles dan
solidez al suelo y que, de ser retirados, éste se debilita y
colapsa.

Estoy seguro de que si se hiciera un análisis
espacio-temporal de los sitios donde se están presentando
últimamente los famosos socavones, encontraríamos que la
presencia de árboles es escasa o totalmente nula.
Nuevamente quiero insistir: es necesario que los
responsables del diseño de la política y de la gestión
pública sostengan un diálogo permanente con la ciencia y con
los especialistas pues, de lo contrario, continuaremos
viendo a nuestras ciudades colapsar. En materia de agua
subterránea, por ejemplo, el Instituto de Geografía de la
UNAM y la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento
Territorial de la Ciudad de México cuentan con estudios de
enorme valía; pero, además, hay suficiente información
como para trabajar ya en la integración de un sistema de
gestión de áreas verdes que, en última instancia, contribuya
a un manejo más sustentable del territorio y de sus
recursos.
Debemos ser conscientes de que, la viabilidad de cualquier
ciudad y de su población, dependerá del grado en que
aprendamos a adaptarnos a los cambios climáticos y
ambientales que estamos presenciando, a ser resilientes;
pero, sobre todo, de la capacidad que, como comunidad,
tengamos para actuar colectivamente de frente a los retos
actuales.
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