Por Antena Radio / 3a. Edición / Sección
Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo)
/ Ciudad de México /
6 de marzo de 2017.
En
el presente, censos de población y distintas encuestas
calculan el nivel socioeconómico de una familia –entre otros
factores- por el número de focos que hay en una vivienda; y
uno de los indicadores más recurridos para medir el nivel de
desarrollo de una comunidad, es la presencia –o no- de
alumbrado público en sus calles y plazas.
El artículo 115 de la Constitución Política mexicana,
establece que el servicio de alumbrado público es una
atribución de los municipios, junto con el suministro de
agua, el servicio de limpia o la seguridad pública, entre
otros. Indiscutiblemente, el hecho de que una comunidad
disfrute de iluminación nocturna en sus espacios comunes
eleva sustancialmente sus grados de libertad; pero, por otro
lado, apenas comienzan a ser evaluados los costos
ambientales de la contaminación lumínica o de la inadecuada
disposición y del exceso de la luz artificial nocturna.

Hace un año, en enero del 2016, aquí en la Ciudad de México
se llevó a cabo el
Encuentro Internacional “Derecho a los Cielos Oscuros”,
organizado por la oficina en México de la Unesco, junto con
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el
Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), el Foro
Consultivo Científico y Tecnológico (FCCT) y la Academia
Mexicana de Ciencias (AMC). En esa ocasión, se señaló a la
contaminación lumínica como un problema ambiental grave que
está creciendo en promedio un 4% al año. Y esta tendencia es
sostenida, sobre todo porque se espera que, en sólo veinte
años, tres cuartas partes de la población mundial vivirá en
ciudades.
Los impactos de la contaminación lumínica son de diversa
índole; desde luego, por la emisión de gases de efecto
invernadero (particularmente, el dióxido de carbono) como
resultado de la producción misma de energía eléctrica a
través de la quema de combustibles fósiles. Pero también por
los efectos fotoquímicos que produce en la atmósfera la
presencia de brillo intenso durante las noches;
fundamentalmente, se ha identificado que la luminosidad
artificial nocturna produce un incremento de la
contaminación del aire al inhibir reacciones químicas de los
óxidos de nitrógeno en su transformación a nitratos.

También se han identificado daños en ecosistemas nocturnos
provocados por la luz artificial, como son: el crecimiento
anormal de algunos árboles; la presencia de plagas de
insectos atraídos por la luz (o fototaxismo positivo); así
como el trastorno en los ciclos normales de vida en algunas
plantas y animales. Los efectos de la contaminación lumínica
sobre la salud de los seres humanos y de algunos animales
también han sido estudiados, particularmente por
científicos del Centro Médico de la Universidad Estatal de
Ohio,
encontrándole no sólo como un detonante de trastornos del
sueño o de la depresión, sino también como un factor de
riesgo para la obesidad, el cáncer de mama y el aumento del
factor de necrosis tumoral (FNT).
Especialistas reunidos hace un año en el Encuentro
Internacional “Derecho a los cielos oscuros”,
determinaron que prácticamente la mitad del alumbrado
público de muchas ciudades del mundo o es innecesario o está
inadecuadamente colocado y produce contaminación ambiental.

En México, la incorrecta iluminación de espacios públicos
representa entre el 30 y el 60% del consumo energético del
país; así que, si iluminar las calles y plazas nos está
costando alrededor de 37 mil millones de pesos anuales,
quiere decir que cada año perdemos 14 mil millones de pesos
por un alumbrado público ineficiente.
La Ciudad de México, Ecatepec, Guadalajara, Puebla,
Monterrey, Tijuana y Ciudad Juárez son las urbes que
registran los niveles más altos de contaminación
lumínica.
Hablando de los espacios privados, usted y yo podemos hacer
un uso más racional y menos contaminante de la iluminación
nocturna (utilizando sensores de movimiento, colocando
lámparas de forma más eficiente, iluminando el piso o las
paredes de los espacios estrictamente necesarios). Pero
también, exigiendo a las autoridades que adopten criterios
modernos, inteligentes y eficientes para brindarnos un
alumbrado público amable con el medio ambiente y con nuestra
salud.
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