Por Antena Radio / 3a. Edición / Sección
Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo)
/ Ciudad de México /
12 de diciembre de 2016.
Hoy
es 12 de diciembre y, en esta fecha, en México se registra
la cúspide de una serie de peregrinaciones de carácter
religioso que, sin lugar a dudas, se inscriben entre las más
importantes de todo el planeta. Y como sucede con toda la
actividad humana, los impactos causados en el medio ambiente
por estas nutridas movilizaciones son de una magnitud
proporcional al tamaño del arraigo de ciertos usos y
costumbres que, en muchos casos, son ciertamente ya
insustentables.
Desde el año 2009, la Organización de las Naciones Unidas
(ONU) y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) señalaron
a las distintas peregrinaciones religiosas que acontecen en
el planeta como una actividad humana que, en distintas
escalas y ámbitos geográficos, genera afectaciones
ambientales de consideración. Cada año, son más de 200
millones de personas las que participan en peregrinaciones
religiosas en distintas regiones del mundo.
Estas verdaderas oleadas de millones de personas, de
distintos credos y en diferentes regiones del planeta, traen
consigo afectaciones ambientales que han llamado la atención
de los especialistas. Hablamos de la contaminación del
suelo, del agua y del aire por la generación excesiva de
residuos sólidos y su incorrecta disposición final; del
manejo inadecuado y del desperdicio del agua; del dispendio
en el uso de la energía; de la contaminación auditiva por el
uso de la pirotecnia; de contaminación del aire generada por
la obstrucción del tránsito de automotores; del manejo
inapropiado de algunas especies animales; del deterioro de
las áreas verdes urbanas; e incluso de los impactos por el
uso intensivo de la infraestructura turística.

Tres importantes religiones colocan a la república de la
India en el primer lugar en el número de peregrinos en todo
el mundo. Ahí, se estiman entre 90 y 120 millones de
personas movilizadas cada año (esto es, alrededor del 10 por
ciento de la población total de aquella nación).
De acuerdo con la ONU, en México solamente los devotos a la
Virgen de Guadalupe que participan en peregrinaciones
durante el año, son del orden de los 20 millones de personas
(es decir, el 17 por ciento de la población total). A este
registro –que, de hecho, nos convierte en la segunda nación
con más peregrinos en todo el mundo- habría que sumar las
peregrinaciones realizadas para honrar a otras deidades que
suman fieles en distintas regiones de nuestro país.
Hace más de tres años –en abril del 2013-, en la ciudad de
Jerusalén, se llevó a cabo el Primer Simposio
Internacional sobre Peregrinaciones Verdes, que reunió a
una red de naciones (entre las que estuvo México) que
buscaban alentar a los líderes religiosos, a funcionarios de
gobierno, promotores turísticos, peregrinos y a ciudadanos
en general, a adoptar prácticas sustentables durante las
peregrinaciones religiosas.
Acudieron un total de 20 países y cerca de 700 líderes
religiosos interesados en el tema de las llamadas
“peregrinaciones verdes y accesibles”, y ahí formularon una
serie de recomendaciones para reducir los impactos
ambientales de estas movilizaciones humanas en todo el
mundo. Básicamente, señalaban la necesaria coordinación
entre autoridades públicas y religiosas, prestadores de
servicios turísticos, transportistas y ciudadanía en
general, a fin de convertir a nuestras ciudades y rutas de
peregrinación en modelos verdes y sostenibles, desde luego,
coherentes con los principios de la fe de los
participantes.
Hasta donde he podido investigar, este año –y como siempre
sucede- la delegación Gustavo A. Madero implementó algunas
medidas para reducir los impactos que, inevitablemente, trae
a nuestra ciudad el peregrinar de alrededor de 10 millones
de personas durante los días 11 y 12 de diciembre. Sin
embargo, es necesario que en otras demarcaciones y colonias
donde también se realizan festejos se implementen acciones
que inhiban usos francamente anacrónicos –como, por ejemplo, el de la
pirotecnia que afecta sensiblemente a los animales y a las
personas- y que contaminan a su entorno.

La
actual crisis ambiental demanda de nosotros, también,
revisar y reflexionar sobre muchas de nuestras llamadas
“tradiciones” que, en el fondo, generan no sólo trastornos
ambientales sino incluso confrontación social y choques
culturales innecesarios. ▄