Consumir compulsivamente nos vuelve personas y comunidades sumamente infelices 

 

  •  Nuestro capital natural es un recurso colectivo con la capacidad de fortalecer nuestras relaciones sociales, reivindicar a nuestra cultura y proyectarnos como una nación en unidad y más feliz

  • El 8 de agosto pasado fue el día en que la humanidad agotó su presupuesto ecológico para el 2016 y comenzamos a vivir más allá del límite

 

Por Antena Radio / 3a. Edición  / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo) / Ciudad de México /  5 de septiembre de 2016.

 

Hablar de consumo responsable nos remite, por lo general, a ese balance que debiera existir entre el uso que hacemos los seres humanos de los recursos que nos brinda la naturaleza para nuestra subsistencia, y la capacidad del planeta para continuarles produciendo y, así, garantizar que las generaciones presentes y las futuras puedan  satisfacer sus necesidades básicas. Pero la irresponsabilidad de la humanidad en el uso de los recursos naturales ha llegado a tal punto, que –de acuerdo con la Red Global de la Huella Ecológica y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)- cada año estamos consumiendo en menor tiempo aquellos bienes que nos da la naturaleza para nuestra subsistencia.

En el año 2000, por ejemplo, para el 1° de octubre ya habíamos acabado con todos los recursos que ese año nos proveyó la Tierra, impactándonos con una notable reducción de los bosques, la pérdida de la biodiversidad, escasez de alimentos, colapso de las pesquerías, una disminución notable en la productividad del suelo y –por si fuera poco- un aumento en la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera. 

En el 2014, este déficit o “débito ecológico” sucedió el 19 de agosto y, para el 2016, el 8 de agosto pasado fue el día en que la humanidad agotó su presupuesto ecológico de este año y comenzamos a vivir más allá del límite; es decir, para continuar con este ritmo de consumo sin afectar a la naturaleza, los seres humanos estamos necesitando ya un planeta y medio, y si todos tuviéramos el nivel de consumo de los estadounidenses, requeriríamos de cinco planetas Tierra. 

 

 

Pero este ritmo de consumo insustentable no sólo amenaza a nuestra salud y a la posibilidad misma de subsistir como especie; también –y de acuerdo con la socióloga de la Universidad de Boloña, Roberta Paltrinieri- consumir compulsivamente nos vuelve personas y sociedades más infelices. Paltrinieri (quien es especialista en sociología del proceso cultural y comunicativo y Sociología del consumo) asegura que la gente feliz es aquella que prefiere generar vínculos, relaciones humanas, familiares y afectivas y, consecuentemente, produce y establece bienes relacionales que fortalecen a su comunidad y vitalizan a su cultura. En este sentido, las personas que participan activamente en los asuntos de interés colectivo son –de acuerdo con la socióloga italiana- individuos más felices.

En contraste, desde finales de la década de los cuarenta del siglo XX, se ha entronado una cultura basada en el placer individual producido por el consumo de distintos bienes que –se nos dice- no sólo nos generan confort sino, sobre todo, nos otorgan un estatus al interior de la sociedad. Esto nos hace, necesariamente, personas y comunidades con mucha frustración e infelicidad.

De hecho, los indicadores tradicionales para medir el bienestar de la población se han enfocado más a la medición del ingreso y del consumo medio per cápita, más que a valorar los bienes relacionales de una nación como, por ejemplo, la calidad del espacio público o la salud del medio ambiente (un ejemplo de esto fue cuando el ex presidente francés Nicolás Sarkozy encargó en 2008 al economista Joseph Stiglitz, desarrollar una serie de indicadores que arrojarán luz sobre cómo medir el bienestar desde esta perspectiva). 

Así pues, se trata de generar y de evaluar con mayores elementos el bienestar colectivo de una nación; y ya no –como estamos acostumbrados a hacerlo- pensar solamente en la media del bienestar individual de los ciudadanos, porque medir a éste exclusivamente a partir de los componentes del PIB, sólo ha difuminado en la estadística el aumento de la inequidad y escamoteado la existencia de una alarmante brecha entre los que más y los que menos tienen. 

 

 

Reorientar nuestra forma actual e irresponsable de consumir nos llevará –así lo creo- a valorar de distinta forma a nuestro capital natural, viéndole más que como un conjunto de mercancías susceptible de consumo y de ganancia económica individual, a entenderle como un verdadero recurso colectivo que debemos preservar por su capacidad de fortalecer nuestras relaciones sociales, reivindicar a nuestra cultura y proyectarnos como una nación en unidad. Y, ¿por qué no?; de acuerdo con el planteamiento de la socióloga Roberta Paltrinieri, también podemos aspirar a ser personas y comunidades mucho más felices y sustentables de lo que hoy somos.

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón