Más que su capacidad productiva, es la salud de los suelos lo que debe preocuparnos 

 

  • En México, nos encontramos con una alarmante situación de degradación de los suelos que afecta 888,968.75 km2  (45% del país)

     

  • Uso indiscriminado de abonos y pesticidas químicos ha aumentado la salinidad y alcalinidad de los suelos

 

Por Antena Radio / 3a. Edición  / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo) / Ciudad de México /  4 de julio de 2016.

 

La base de los ecosistemas terrestres y de todos los procesos de la vida que acontecen en éstos son los suelos. Su diversidad es tan variada como distintos son los paisajes que podemos encontrar a lo largo y ancho del planeta. Las variaciones en los tipos del suelo que existen en el mundo tienen que ver con las condiciones geomorfológicas, climáticas, atmosféricas y biológicas que históricamente le han ido transformando y que, desde luego, continúan haciéndolo.

 

Las actividades humanas han sido y son determinantes en las condiciones que prevalecen hoy en los suelos de todos los continentes. La tierra es el sustento básico de la producción de alimentos y medicinas, pero también es componente fundamental en el ciclo del agua y del carbono y, en general, indudablemente es el soporte de todas nuestras necesidades.

 

Los distintos usos que estamos dando al suelo en los territorios en los que vivimos tienen necesariamente un impacto en las condiciones naturales del mismo; las transformaciones que estamos propiciando podrían, desafortunadamente, no ser las más convenientes ni para el ser humano ni para el resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta.

 

Por ejemplo, para sostener la tasa de productividad de la agricultura y lograr que ésta sea capaz de sostener las necesidades alimentarias de más de siete mil millones de seres humanos –y cada día más-, estamos utilizando permanentemente abonos y pesticidas químicos. Esto ha traído como consecuencia el aumento en la salinidad y alcalinidad de los suelos y, por lo mismo, una pérdida importante de la riqueza bacteriana y de la fertilidad de la tierra.

 

 

Es sorprendente saber que para la formación de unos cuantos centímetros de suelo fértil (es decir, una capa de tierra propicia para la siembra de cultivos), a la naturaleza puede tomarle cientos y hasta miles de años conseguirlo.

 

Junto con la contaminación química, la deforestación de los bosques para transformarles en tierras agrícolas o ganaderas también ha contribuido al empobrecimiento de los suelos y, peor aún, a la erosión del mismo.  Como lo he comentado en distintas ocasiones, en México prácticamente la mitad de los suelos de nuestro territorio –alrededor de 900 mil kilómetros cuadrados- registran ya un grado alarmante de degradación que está afectando por igual a los intereses colectivos, privados y públicos del país.

 

A pesar de su gravedad, la respuesta institucional para atender este problema se ha dado de manera débil y dispersa, y no se ha entendido que el suelo es un recurso no renovable al que debemos canalizar toda nuestra atención para no degradar más nuestra riqueza natural. Ciertamente, el gobierno federal –a través del Programa de Conservación para el Desarrollo Sostenible (PROCODES)- entrega apoyos directos a personas y a organizaciones rurales que, entre otros temas, proponen estudios técnicos, proyectos y capacitación en materia de conservación de suelos; pero lo cierto es que, como capítulo específico de atención, la restauración y conservación del suelo está teniendo una prioridad mucho muy menor a la que se requiere como política pública.

 

Debemos tener presente que nuestra salud está directamente vinculada con la buena o mala calidad de los suelos en los que son cultivados nuestros alimentos; y que, por tanto, éste es un tema del que debemos ocuparnos con mayor atención y responsabilidad no sólo como ciudadanía sino -sobre todo- como consumidores.

 

Este jueves 7 de julio será el Día Mundial de la Conservación del Suelo, efeméride en memoria del estadounidense Hugh Hammond Bennet, quien -en las primeras décadas del siglo pasado- se ocupó de aumentar la productividad del suelo mediante su protección. Pero hoy, no sólo la productividad y el buscar cubrir holgadamente la demanda de alimentos debe ser nuestra preocupación, sino también -y de manera prioritaria- debemos garantizar la salud y la calidad de vida de toda la población procurando que nuestros suelos estén en las mejores condiciones posibles de conservación.  

 

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón