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El 45 por ciento del territorio nacional (es decir,
alrededor de 900 mil kilómetros cuadrados), presenta ya
altos niveles de degradación de sus suelos.
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Hay que dar seguridad en la tenencia de la tierra,
asesoría y acceso a los apoyos y mercados locales,
nacionales e internacionales
Por Antena Radio / 3a. Edición / Sección
Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo)
/ Ciudad de México /
13 de junio de 2016.
Una
de las condiciones ambientales que determina directamente la
aparición de condiciones de pobreza y de marginación social,
es la existencia de suelos deteriorados por razón de la
sobreexplotación agrícola y forestal, la contaminación, la
sequía y la desertificación. Es sabido que las personas que
viven en tierras secas -90 por ciento de las cuales viven en
países en vías de desarrollo-, tienen un notable rezago de
desarrollo humano en comparación con el de aquellas
comunidades que habitan en territorios fértiles y con acceso
al agua.
Es paradójico saber que el 99.8 por ciento de los alimentos
que consume el ser humano –y, desde luego, otras especies
vivas- proviene del suelo, pero que es justamente la
producción masiva de alimentos y la agricultura intensiva lo
que está deteriorando a pasos agigantados a este recurso
vital: los suelos. Hoy el planeta está perdiendo terrenos
fértiles a una tasa de 35 veces más rápido que hace cuatro o
cinco décadas, dejando en los hechos inútiles a alrededor de
23 hectáreas de suelos cada minuto (es decir, 12 millones de
hectáreas por año).
En México, la situación es igualmente alarmante porque
prácticamente el 45 por ciento del territorio nacional (es
decir, alrededor de 900 mil kilómetros cuadrados), presenta
ya altos niveles de degradación de sus suelos. Y entre las
principales razones de esto están la deforestación, el
calentamiento global y –sobre todo- las prácticas agrícolas
insustentables.

Ha sido tal el avance del fenómeno de la sequía y,
consecuentemente, de la desertificación de los suelos, que
la ONU ha calculado (en un informe sobre el Estado de la
Inseguridad Alimentaria) que, entre los años 2012 y 2014,
unos 805 millones de personas no tuvieron acceso a los
nutrientes necesarios. Entre otras razones, ésta ha sido la
causa por la cual la ONU decretó al año 2015 como el Año
Internacional de los Suelos, pues se reconoce la urgencia de
frenar y de revertir el deterioro de la base misma de todo
ecosistema y del desarrollo de la humanidad: los suelos.
Este viernes 17 de julio, con la conmemoración del Día
Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía
2016 concluye el Año Internacional de los Suelos; pero
las Naciones Unidas lanzan un enérgico llamado para
fortalecer la cooperación inclusiva -es decir, la
participación ciudadana- para lograr frenar y revertir la
degradación de la tierra. “El Día Mundial de Lucha contra la
Desertificación de 2016 mostrará cómo neutralizar la
degradación de la tierra puede ser un elemento clave para el
logro de otros objetivos de desarrollo sostenible y, de
forma especial, para la promoción de un crecimiento
económico duradero e inclusivo.” (ONU)

México ha perdido durante los últimos 20 años el 40 por
ciento de su reserva forestal; cifra que se suma a la
devastación que a lo largo del siglo XX hicimos de nuestro
capital natural. El Senado de la República ha estimado que
los estados más afectados por el fenómeno de la sequía son
los del norte y el Bajío: Chihuahua, Durango, Coahuila,
Sonora, Sinaloa, Tamaulipas, Zacatecas, San Luís Potosí,
Aguascalientes y la zona serrana de Querétaro.
Regiones conocidas por su abundancia pluvial e hídrica (como
Veracruz, Tabasco, Oaxaca y Chiapas), acusan ya una notable
reducción en la disponibilidad de agua que está afectando no
sólo a su capacidad productiva, sino –desde luego- al
equilibrio de sus complejos y delicados ecosistemas.
Frente a este panorama, creo que es urgente que el país
transforme de manera radical los esquemas de planeación para
el desarrollo y ponga, en la más alta prioridad, la
protección y la restauración de nuestro capital natural.
Es necesaria una política de fomento y de aprovechamiento
sustentable de los recursos forestales en México, de las
cuencas y del agua, que incorpore a las comunidades
productivas en los circuitos económicos sectoriales. Y,
desde luego, hay que dar seguridad no sólo en el tema de la
tenencia de la tierra, sino también en la asesoría y en el
acceso de los productores legítimos a los apoyos y mercados
locales, nacionales e internacionales.
Es
impostergable ya trabajar en éstas y en otras prioridades
del desarrollo, si en verdad no queremos ver secarse el
futuro del país. ▄