Aberrante, proponer construir un muro fronterizo; impactos ambientales son incalculables para todos   

 

  • Científicos de ambos lados de la frontera le han considerado, desde hace tres décadas, como una propuesta excluyente, inviable y dañina para la vida en ambos lados del territorio
     

  • Equivocada, la posición del ex-presidente Vicente Fox al plantear que "Trump debe pagar por el muro"; no construirle, por ningún motivo, es lo más sensato económica, social y ambientalmente

 

Por Antena Radio / 3a. Edición  / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER - Horizonte 107.9 FM, - 1220 AM y - Radio México Internacional (a todo el mundo) / Ciudad de México /  29 de febrero de 2016.

 

Hasta hace unos días, consideré improductivo sumarme al eco que han hecho los medios de comunicación de la estridencia y la desbordada ligereza del pre-candidato del partido Republicano norteamericano, el empresario Donald Trump. Sin embargo, las declaraciones que hizo el ex mandatario mexicano, Vicente Fox, al periodista Jorge Ramos en el sentido de que es el empresario –y no él, o los mexicanos- quien tendría que pagar la construcción del fucking muro (sic), me provocan hablar del tema. 

 

 

 

Primero, creo que la posición de Fox es equivocada y, en cambio, debió haber dicho que, bajo ningún motivo, una barrera física de estas características debiera ser construida en nuestra frontera común con los Estados Unidos; los impactos económicos, sociales y, desde luego, las afectaciones ambientales hacen de ésta, a todas luces, una propuesta aberrante, inviable y adversa para ambos lados.

El tema de la construcción de un muro fronterizo para resolver los problemas de la inmigración plantea una falsa dicotomía, probablemente muy redituable en términos de propaganda política y con fines electorales, pero significa –entre otras cosas- el desmantelamiento de las relaciones diplomáticas construidas entre dos naciones vecinas durante numerosas décadas. La política de la exclusión del otro, reforzada incluso a través de medios físicos, no puede más que tener resultados nefastos en el contexto global.

Y el debate no es nuevo. Los eventuales impactos ambientales por la construcción de un muro fronterizo ha sido motivo, desde hace más de tres décadas, del análisis y del rechazo unánime por parte de los especialistas tanto de México como de los Estados Unidos. En 1983, México, los Estados Unidos y Canadá firmaron el Acuerdo de la Paz, documento en el que ambos países se comprometían a “cooperar en el ámbito de la protección ambiental en la zona fronteriza sobre la base de la igualdad, reciprocidad y beneficio mutuo”. Nueve años después, en 1992, los tres países firmaron el Acuerdo de Cooperación Ambiental de América del Norte para atender conjuntamente temas como la protección de la flora y la fauna común, la contaminación del aire, el manejo integral de residuos sólidos, la atención a contingencias ambientales y el establecimiento de áreas naturales protegidas fronterizas.

 

 

Desafortunadamente, en 1996 el Congreso norteamericano aprobó la Ley de Reforma a la Inmigración Ilegal y Responsabilidad Inmigrante que, bajo el argumento de reforzar la seguridad fronteriza, autorizaba a no acatar la legislación ambiental. La presencia de más de tres millones de indocumentados en la frontera con los Estados Unidos motivó y fortaleció la idea de construir un muro, lo que llevó a que en los años 2005, 2006 y 2007, científicos, organizaciones civiles y autoridades de ambas naciones se reunieran para analizar los posibles impactos en el medio ambiente.

En el mes de octubre del 2006, el presidente Bush firmó la Ley del Cerco Seguro (Secure Fence Act) que dio inicio a la construcción del muro.

La región fronteriza entre México y los Estados Unidos comprende diversos corredores biológicos e importantes ecosistemas que no conocen de fronteras geopolíticas: compartimos desiertos, ríos, cordilleras, humedales, esteros y acuíferos, con rica flora y fauna endémica y migratoria (encontramos ahí cactáceas como el sahuaro, animales en peligro de extinción como el berrendo, el borrego cimarrón, el lobo mexicano, el oso negro, el jaguar, el puma y el ocelote).  

 

 

No hay duda: la construcción de un muro –como el que promueve Trump y el que claman sus ignorantes huestes- traería consigo la fragmentación y la eventual desaparición de hábitats y ecosistemas milenarios; veríamos la contracción del área de actividad y del sustento de muchas especies animales; impediría la migración de especies y afectaría sus procesos naturales de reproducción y dispersión; se interrumpiría el intercambio genético que favorece la diversidad biológica; proliferaría la fauna nociva e invasiva; además de favorecer la contaminación lumínica y sonora a lo largo del muro.

Así que, me parece que la próxima vez que algún servidor público mexicano, en funciones o no, sea cuestionado sobre las ignorantes propuestas de campaña del señor Trump para construir muros en la frontera común, lo más adecuado sería oponerse y descartar esa posibilidad, y en cambio informar a las audiencias objetivamente sobre cuáles serían las consecuencias económicas, sociales y ambientales en ambos lados de la línea fronteriza.

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón